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  • Pablo Martínez Díaz

¿Qué hay de "super" en superdotado?

Actualizado: 18 de feb de 2019


¿Qué hay de "super" en superdotado?

¿Por qué estos niños tan brillantes a menudo no encajan en el colegio?


La idea de esta conferencia me vino cuando diferentes padres de mis alumnos de robótica me comentaron que sus hijos tenían serias dificultades en el colegio. Estos alumnos, son, sin embargo, alumnos brillantísimos en mis clases de robótica y electrónica.


Para empezar, definamos que es un niño superdotado.

Aproximadamente, el 2 por ciento de la población se puede definir como “superdotada”, lo que viene a ser, como máximo, un alumno por clase en un colegio cualquiera.

Son chavales que, por ejemplo, a los 10 años razonan como si tuviesen 15, tienen reacciones emocionales de un niño de 5 años, y todo ello, en un cuerpo de niño de 10 años.

No existe un superdotado “patrón”. Nos podemos encontrar desde la niña perfecta en clase, de todo 10, delegada de curso y virtuosa en piano y violín, aparte de hacer parapente y boxeo los domingos… hasta con el niño incapaz de hacerse el nudo de los zapatos, pero capaz de recitarte de memoria, en francés y en español, los nombres de los 3000 pokemons que existen con sus cualidades y evoluciones, así como cualquier episodio histórico desde las Guerras Carlistas hasta nuestros días, eso sí, al oral, porque al escrito no hay quien entienda su letra.


Son niños que frecuentemente perciben con más intensidad que el común de los mortales, y que, por ejemplo, no soportan la etiqueta de la camisa que les pica en el cuello, o se obsesionan si la lavadora hace ruido al centrifugar.


A menudo, estos niños sacan muy buenas notas en los primeros años del colegio, y aunque algunos siguen con brillantes resultados durante toda su etapa de aprendizaje, otros muchos tropiezan en algún momento de su escolaridad.


Los niños superdotados, en su adolescencia, tienen una tasa de suicidio mayor que el resto de la población.


Aunque no existen estudios exhaustivos sobre este tema ya que muchos adolescentes superdotados no son identificados como tales, lo que si sabemos con certeza, es que cuando un superdotado intenta suicidarse, su tasa de éxito (aunque quede horrible decirlo) es mucho mayor.


¿Qué sucede con estos “alumnos ideales” en mis clases particulares y sin embargo disfuncionales en el colegio?


Vamos a analizar, con casos prácticos, cómo se aprende en el colegio, y cómo, diferentes tipos de “mentes” se adaptan mejor o peor a la enseñanza reglada.


Hablaré desde la perspectiva de un profesor de robótica y desde la perspectiva de padre de tres chicos superdotados, y desde la perspectiva de alguien al que tampoco le fue muy bien en el colegio.


Una vez analizados estos casos reales, compartiré con vosotros mi “receta mágica” para educar a niños superdotados.

La mente procedural

La inmensa mayoría de las personas aprenden mediante patrones. Cuando aprendimos a sumar dos números, vimos primero al maestro sumar, comprendimos cómo lo hizo y luego lo tuvimos que repetir hasta que se volvió algo natural. Lo mismo nos sucedió con las reglas de ortografía, con la química o con la física: Aprendimos a base de observar y repetir.

Hagamos memoria: Volvamos a quinto de EGB y acordémonos de la clase de matemáticas. ¿Cuántas multiplicaciones hicimos? ¿Y cuántas divisiones? ¿Cientos? ¿Miles? ¡Cuadernos ENTEROS!

¿Y si con haber hecho UNA multiplicación y UNA división ya hubiésemos entendido cómo se hace y no nos hubiera hecho falta más?

Quizás es un ejemplo un poco extremo, pero esto, en mayor o menor medida es lo que les pasa a mis “alumnos modelo”.

“Vale, ya sé sumar 2 + 2.

3 + 6 va a ser más de lo mismo, pero, y si sumo infinito con infinito?

¿Y si sumo infinito con menos infinito? ¿Y si sumo mil millones de ceros?

¿Al final sumo algo?

¿Y si sumamos planetas?

¿¿¿¿Y planetas y agujeros negros????

Son esos niños que le dan tantas veces a la tecla de sumar de la calculadora que al final sale una “E”.

Veamos, con unos ejemplos reales, pero con nombres ficticios, el tipo de alumno del que estoy hablando:

La mente esponja


Nieves, seis años.


Parece haber salido de un cuadro de Johannes Vermeer. Tímida y de trato exquisito. Las clases con Nieves son monacales. Su hermanito de 4 años, aunque todavía no sabe leer ni escribir también se ha apuntado a clase de robótica sin preguntar a nadie. Se sienta en una esquina y no dice ni mu. Con estos hermanitos ni ruidos ni sobresaltos. Paz absoluta.

Nieves, tiene una visión espacial perfecta. Es capaz de diseñar en su cabeza objetos tridimensionales y plasmar sus ideas en papel con una claridad asombrosa. Su juguete preferido: el Lego.


A Nieves, no se le explican las cosas, se le dicen una vez y basta, sabiendo que lo que le has contado no hará falta repetirlo nunca más. Nieves tiene toda su atención puesta en clase; es una auténtica esponja. No se distrae jamás, y si te pilla en un renuncio, muy educadamente te lo hace saber con una puntita de humor. Dar clase a Nieves es puro placer, y, sin embargo, en el colegio sufre. Sus profesores dicen que se distrae en clase, que no atiende, hasta el punto de que cuando su profesora le llama la atención, está tan en las nubes que se asusta y pega un brinco.

La mente infinitesimal


Cristóbal es un chaval francés, de padre español y de madre americana. A sus 13 años ha vivido en más países que la mayoría de la gente visitará en toda su vida. Cristóbal, cuando tenía 5 años, estaba aprendiendo geometría en el colegio. En clase estaban viendo lo que es un círculo, un triángulo, un cuadrado, un pentágono, un hexágono, etc.

Levantó la mano y le dijo a su profesora que un círculo, si se miraba desde muy cerca, era una figura geométrica de -casi- infinitos lados, a lo cual su profesora no supo responderle adecuadamente y le pidió al pequeño que se callase y atendiese, y con toda la razón del mundo, ya que ella tiene que dar una clase y no se puede entretener en filosofía matemática.


La profesora principal llamó hace unos meses a sus padres para hablar con ellos porque la cartera de Cristóbal es un desastre.

Hay papeles por todos lados, bolígrafos sin tapa, tapas sin bolígrafos, un caos total, y lo peor de todo, Cristóbal no ve NINGÚN problema en ello y que no entiende por qué le chilla su profesora por ello.


Cristóbal es trilingüe y tiene una cultura apabullante, y sin embargo sus notas son irregulares y en el colegio es constantemente la víctima de lo que ahora denominamos “bulling” porque suena mejor que decir que sus compañeros abusan físicamente y psicológicamente de él.


Es un niño al que le han roto tantas veces las gafas, que ahora lleva lentillas para ahorrar.

La mente inquieta


Claudio, siete añitos. En reposo, Claudio canta... o canta y baila.


Claudio no se sienta en clase; yo sí, pero él da la clase de pie.


Al principio yo intentaba que se sentase, pero descubrí que no merecía la pena.

Claudio sufre sentado.


Se retuerce en la silla hasta que se cae de la silla.


Claudio, de pie, es el alumno ideal.


Brillante, con una creatividad desbordante y una memoria prodigiosa.


Dar clase a Claudio no es cómodo, porque te está constantemente exigiendo más y haciendo mil preguntas sobre temas dispares.


La clase de Claudio, hay que prepararla a conciencia.


Con Claudio no haces un robot. Claudio te dice el robot que quiere hacer… y vaya si lo

haces!.


Claudio, con siete años, da DOS HORAS SEGUIDAS de robótica, y no se permite ni un respiro, ni te permite un respiro, y al acabar las dos horas, me pide de rodillas diez minutitos más.


Claudio me comenta a menudo sus desventuras escolares y sus estrategias para intentar ser popular. Lo cuenta como un espectador externo a la cosa; me imagino para protegerse a sí mismo, pero, aun así, la frustración que expresa por las situaciones que vive en el colegio es punzante.


Claudio, a su corta edad, se preocupa de problemas de adultos, como, por ejemplo, el bienestar de su madre. Se preocupa por ella, se agobia sobremanera si la ve decaída, y cuando lo expresa, es como oír a un adulto, pero sin las “tablas” que nos dan los años.

No filtra, no relativiza y todo se le hace un mundo.

Peces fuera del agua


Cristóbal, Claudio y Nieves sufren en el colegio.


Conozco a los profesores de los tres y son excelentes, entregados a sus alumnos y en todo punto irreprochables, pero con estos chavales, el colegio, simplemente, no funciona.


Los tres son asombrosamente brillantes, con perfiles muy diferentes y caracteres diametralmente opuestos. Son mentes adultas en cuerpos minúsculos. Son chavales que lo tienen todo para ser el Bill Gates, o el Elon Musk del futuro, y sin embargo, no encajan en el grupo.

Y sin embargo, para mí, son alumnos perfectos!


¿Qué pasa con estos chicos que se arrastran en el colegio y que sin embargo son ingenieros brillantes en clase de robótica?


Un profesor de colegio, con una treintena de alumnos delante suyo, tiene que dar un temario en un tiempo determinado, con unos recursos finitos, y obtener unos resultados.

Incluso el profesor más avezado, aquel que se aventura a enseñar por proyectos, haciendo grupos reducidos y personalizando los temarios se encuentra con limitaciones de tiempo y recursos propios de la enseñanza escolar.


Esto, en sí, no es un problema para la mayoría de los alumnos, e incluso, es el tipo de enseñanza ideal para la mayoría de las personas, pero para estos chavales “diferentes”, es una verdadera tortura, ya que ni los tiempos ni la profundidad de la materia que aprenden es la adecuada.


Un chico con altas capacidades se aburre en clase.

Ese mismo niño aburrido se distrae y no escucha, y a la mínima se mete en un lío.

Recuerdo con horror el tedio de las clases de lectura en voz alta, en las cuales, cada alumno, por turnos, tenía que leer en voz alta mientras los demás seguíamos en silencio el libro.


Mientras mis compañeros leían Fray Perico y su borrico “Fray Ni-ca-nor, el su-pe-rior, e-ra un fr-a-i-le al-to, s-s-seco y a-mmmm-arillo….” yo ya me había acabado el libro y estaba cambiando cromos del mundial 82 con mi compañero de mesa hasta que me pillaba la profesora y me ponía un CERO en lectura a mí, cuando yo devoraba un libro por semana.

Seguro que muchos de ustedes estarán recordando ahora momentos similares al que acabo de contar, ya que las altas capacidades tienes un fuerte componente genético.

Esponjas inquietas, infinitesimales y no procedurales

Tanto Claudio, como Nieves como Cristóbal, cuando se ponen a construir y programar un robot, son alumnos perfectos. ¿Por qué? Sencillamente, porque la robótica aúna creatividad, lógica, discernimiento, física, matemáticas, resistencia de materiales, programación, investigación y estrategia… todo aquello que está en su “zona de confort”, y además en un entorno en el que se sienten protegidos, con un adulto a su entera disposición que les permite aprender a voluntad.


Es un buffet libre de conocimiento.


En mi clase no aprenden a hacer una regla de tres, sino que aplican reglas de tres para escalar un plano de un robot y hacer una pieza que luego estará conectada a un motor al que hay que suministrarle electricidad, y que a su vez está movido por un microcontrolador que hay que programar en C++, que es un lenguaje de programación en inglés…

Es decir, las matemáticas, la física, la química, el inglés que aprenden por separado en el colegio de manera más o menos teóricas se entrelazan y cobran sentido…

y se les permite explorar, aprender a su ritmo, crear sus robots, y también, se les permite errar, y volver a intentarlo, y aprender que a veces, no se consigue lo que se quiere, y como escribió Edison en su diario, “hoy he descubierto 10.000 maneras de construir una bombilla que no funciona”.


Es fácil ver este contraste colegio/clase particular por lo disonante que es, pero hay que ser conscientes que el colegio es sólo parte de la vida de estos chavales.

Estos niños están inadaptados en el colegio, pero también cuando bajan a jugar a la calle, y cuando van de vacaciones.


En mayor o menor medida, son peces fuera del agua… siempre.

Y entonces, en el día a día, ¿Qué hacer con un hijo así?


La receta (no) mágica

Desde la experiencia que tengo tanto de padre, como de profesor, estas son mis recomendaciones para educar a estos chavales diferentes:


La receta mágica: No hay. No hay receta mágica. No hay un librillo que seguir. Esto no se arregla como en la tele. Esto va para largo, y hay curvas, pero, ojo, se llega.

Tomar conciencia: Si, son diferentes. Ni mejores ni peores. Tener una mente como la suya no es ni mejor ni peor, simplemente diferente. No, no encajan en el colegio, ni tampoco van a las fiestas, ni les gusta el fútbol, pero les encanta la electrónica y el ajedrez, y construyen naves de lego tan grandes que no cabe en su cuarto. Insisto, ni mejores ni peores, simplemente, diferentes del resto. Algunos los mirarán a ustedes con envidia porque tu hijo es un crack en matemáticas, otros padres se creerán superiores a ustedes porque su hijo no es de los “guays”. Vais a tener toda la casuística, pero no hay ni de que enorgullecerse, ni de que avergonzarse.

Asumir el hándicap: Si, hándicap, aunque escueza un poco. Si una persona que no puede caminar como los demás, tiene un hándicap y si una persona que no ve bien, tiene un hándicap, Nuestro hijo, que no aprende como los demás, tiene un hándicap. Ojo, es un handicap llevadero, y que normalmente se “cura sólo”, pero no está cubierto por la seguridad social, y cuando tenemos que llevar a nuestros hijos a colegios privados para que el chaval esté algo más a gusto, muchas veces, ese sobrecoste supone un esfuerzo enorme para las familias.

No sentirse solo: Con mi primer chaval, cuando nos dijeron que era superdotado, mi mujer y yo no sabíamos qué hacer. Tuvimos la suerte de encontrar un grupo de padres con el mismo problema con los que nos reuníamos una vez al mes para compartir nuestras experiencias. En esas reuniones nos daban charlas psicólogos y otros expertos, pero lo mejor era el rato de después en la que charlábamos entre nosotros y nos reíamos al ver que nuestros enanos hacían las mismas cosas “raras”. Esos ratos de hablar con otros padres nos ayudaron mucho ya que en aquel entonces no hacía mucho que habíamos llegado a París y nos encontrábamos bastante perdidos cuando la profesora de mi hijo mayor nos dijo que le iba a saltar de curso porque era superdotado. Ver que no era el único, que otros padres habían pasado por eso, los pros y las contras de cada uno, y el apoyo moral que nos dieron en ese grupo fueron valiosísimos para nosotros y nos evitó muchas noches en vela.

¿Qué colegio elegir?: Llevarlos a un colegio “especial”? En nuestro caso, a uno de nuestros hijos le tuvimos que cambiar varias veces de colegio y acabó en un colegio en el que eran 4 en clase. Para los otros dos, no hemos estimado que sea la mejor opción un colegio “especial”. Cada caso es diferente y considero que es mejor que vayan a un colegio “normal”, ya que en el mundo 98% de la gente que le rodea no tiene altas capacidades, pero también es verdad que, a veces, no es opción.

Como regla de base para la elección de un colegio, yo recomendaría que eligiesen un colegio donde su hijo/a esté a gusto socialmente, donde los grupos en clase sean pequeños y donde se aprenda por proyectos. No les recomendaré ningún colegio en especial, porque considero que en cada caso hay que estudiar cual es el mejor “match” colegio-alumno.

Las notas: Sabiendo que en el colegio no están a gusto, a mis hijos no les exijo diez en todo. Les exijo que se esfuercen. Soy consciente que un cinquillo en lengua para mi hijo mediano es ya una proeza, y me preocupa cuando saca menos de nueve en matemáticas. Considero que regañar a un niño con altas capacidades por tener malas notas, o incluso castigarle sin teléfono móvil o sin la “Play” durante una semana no sólo es inútil, sino que además es contraproducente. Para ellos, ir al colegio, es como estar todo el día con zapatos que te hacen rozadura, y si les castigamos, es como si les pidiéramos que corriesen con esos zapatos.

Yo, personalmente, con este tema, metí la pata con mi hijo mayor. Le exigía mucho, me enfadaba con él, me desesperaba con sus resultados, hasta que un buen día el chaval se cerró en banda y dejó por completo los estudios.

A los 14 años, mi hijo mayor estaba desescolarizado y ahora está estudiando ingeniería electrónica en una de las mejores universidades británicas, pero si les cuento por lo que tuvimos que pasar mi mujer y yo para que mi hijo, al que echaron del colegio al que iba en Ginebra, sea hoy el número uno de su promoción en la universidad, aquí nos amanece antes de que acabe con la historia; aunque se puede resumir en dos palabras: Infinito cariño.

Ir de A a B, pasando por C, o sin pasar por C: El método para ellos carece de importancia. Lo que importa para ellos es el objetivo, la solución del problema.

Para explicarme mejor: Mis hijos no se saben las tablas de multiplicar, y saben multiplicar más rápido que el común de los mortales. Les pides que te expliquen cómo lo hacen y son incapaces, e incluso se molestan. Mi hijo mayor acababa diciendo “mira papá, lo “veo” en mi cabeza, no te lo sé explicar”.

Ahora, intenta explicarle eso al profesor de física cuando en el examen tu hijo, por toda respuesta ha puesto 85 km/h a un problema complicadísimo de velocidad terminal de un proyectil en trayectoria epicíclica.

Saciar su hambre de saber: Estos chicos se apuntan a clases de robótica (¡o cocina!) para poder aplicar lo que aprenden en el colegio, para ir más allá que el común de los mortales. Mis hijos han hecho desde escalada hasta robótica, pasando por teatro y natación, y ahora el pequeño se ha apuntado el sólo a Haikido (lo tuve que buscar en Google).

Infinitas horas, infinitos kilómetros, e infinito presupuesto ( o inversión, como se quiera ver…). Este “hambre de saber” es también una bendición tanto para ellos como para los padres, ya que hacen amistades con chavales “como ellos”, facilitándoles la tarea a la hora de hacer amigos.

Tolerancia cero con el bullying. Estos chicos suelen ser carne de cañón para los matones del colegio. A la mínima agresión, pedir hora con el director del colegio e informar al Ministerio de Educación al 900 018 018. Los colegios tienen OBLIGACIÓN de notificar a la Comunidad de Madrid cualquier caso de bullying

“Echarle horas”: esta recomendación no es mía, es de mi padre, pero es quizás la base del resto. Estos chicos necesitan que les dediquemos muchas horas. De hecho, necesitan que le dediquemos todas las horas que tengamos. Son chavales que están más a gusto con adultos que con chicos de su edad, y quien les va a entender mejor que su propia madre o su padre?

Adultos en miniatura con cero experiencia: Son capaces de detectar una “milonga” a la legua, pero no son capaces de determinar qué es lo importante y que es secundario. Nuestro rol es enseñarles a discernir qué es importante y que no lo es, y no porque seamos más listos, sino por las canas que tenemos. A menudo mis hijos me discuten cosas que para ellos son evidentes y que, sin embargo, para nosotros no lo son.

Déjenme darles un ejemplo: Mi hijo pequeño (13 años) viene el otro día a casa del colegio y nos dice que, a partir de ahora, en vez de ir al colegio andando (10 minutos a pie), va a ir en bicicleta. Nos dice que ha estado practicando por el parque con la bicicleta de su hermano mayor (ni hablar de ir con una bici pequeña al cole, por favor!), y que ya sabe cambiar de marchas y bajarse de la bici sin caerse. Además, se ha parado a hablar con el policía que dirige el tráfico delante de su colegio para preguntarle si es legal ir por la acera en bici, y si se tiene que bajar en los pasos de cebra, y el policía le ha explicado qué es legal, y qué no lo es, e incluso las consecuencias de hacer “el cabra” con la bici en una vía pública.

Nos comenta que él está cubierto por un seguro de responsabilidad civil ya que viene incluido con el seguro de la casa, y que, en caso de accidente, tenemos la póliza de AXA.

Plan perfecto. A ver quién le dice que no.

La realidad es que el chaval no es muy hábil, (aunque se esfuerza), tiene 5 dioptrías en cada ojo, y muchas veces va perdido en su mundito y se traga las farolas de frente.

Desafortunadamente, en la zona de su colegio hay otra decena de colegios, y los padres aparcan de cualquier manera, abren la puerta sin mirar, se quedan en segunda o tercera fila, van en dirección prohibida, y mil otras fechoría que harían que mi hijo acabase en el hospital al segundo día, si llega.

Eso, es experiencia, y eso, hay que contárselo con detalle.

No hijo no, no vas al cole en bici porque te falta experiencia, y nosotros, los adultos, somos tan egoístas que no ponemos cuidado con los ciclistas.

Me discutió lo de la experiencia, pero se cayó de guindo con lo de aparcar en segunda fila y en las aceras y abrir la puerta como si nada.

Ahora comparen esto con un “porque no, y punto”

Reforzar las normas sociales: Lavarse, comer con la boca cerrada, decir buenos días, adiós, gracias, no contestar groseramente ni a tu padre ni a tu madre, comer cuando hay que comer y dormir cuando hay que dormir… lo que a nosotros nos parecen las normas sociales básicas, a menudo, para estos chicos, no son evidentes. En mi caso, a dos de mis hijos (de tres), hay que recordarles frecuentemente algunas de estas normas. No lo hacen por ser malos, simplemente, todo esto tiene poca importancia para ellos.

Internet: Cualquier limitación que intentemos poner para acceder a contenidos en internet es una batalla perdida. En vez de limitar, es preferible explicar los riesgos, y cómo evitarlos, y enseñar con el ejemplo.

No, no se cena con la tele puesta, ni con el móvil en la mano. Se habla en la mesa, y se cena en familia.

En nuestra casa, la cena es siempre un momento en el cual comentamos cómo nos ha ido el día, y es una oportunidad para pasar un rato distendido en el cual deshacerse de las frustraciones que hayan podido tener.

Justicia: Papá, ¡es injusto! ¡no hay derecho!. Para una mente analítica, la injusticia es difícilmente soportable, y sin embargo, es un hecho cotidiano que tendremos que hacer comprender a nuestros hijos. Si por ellos fuera, tendríamos que pelear todas las batallas.

Afecto no por defecto: Estos chicos a menudo tienen dificultades con el afecto, tanto por exceso como por defecto. Desde el chaval que llora cuando acaba la clase porque quiere más, hasta el chico al que no le sacas una sonrisa al mes. Son chavales que a menudo tienen dificultades con sus emociones, tanto por exceso como por defecto.

Todos los días, al llegar a casa: Qué tal el colegio hoy? A que has jugado? Qué has aprendido?

A menudo la respuesta será un monosílabo, o un mero gruñido, pero alguien se está interesando por ellos, y lo saben.

Hablarlo todo: Alcohol, drogas, sexo, suicidio, fugas de casa, fracaso escolar… he leído mil y una historias al respecto, y he pasado por episodios muy oscuros con mis hijos, pero afortunadamente, con final feliz. Qué hacer? Hablar. Hablarlo todo. De adulto a mini-adulto. Sin tapujos. Sin diminutivos ni milongas, y llamando a las cosas por su nombre. En mi caso, a mis hijos les cuento lo que yo también pasé, lo que me ayudó a salir adelante, y lo que no me ayudó.

Estar ahí: A colación de lo dicho antes. Estar siempre disponible a hablarlo todo, o simplemente a estar ahí. La infinidad de horas que habré pasado con mi padre arreglando la lavadora, montando un ordenador, o yendo a ferias de inventos y cachivaches; horas en las que mi hermano gemelo y yo le acribillábamos a preguntas porque teníamos que entender para qué servía cada pieza de la lavadora, o cómo funcionaba aquel PC.

Lo implícito no es explícito: Queremos a nuestros hijos ¿no? Hacemos todo por su bien, ¿no? Con estos chicos, nunca sobra un “muy bien” o un “estoy orgulloso de ti”, y sobre todo, nunca sobra un “te quiero”.


Texto íntegro de la conferencia dada en el centro Emotium el 25 de enero de 2019

https://www.emotium.es/


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© 2017 by Pablo Martínez.

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